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¡Feliz Felicidad!

Hace escasamente cuatro semanas que acabó la Navidad. Este año no he felicitado a nadie, salvo a los muy próximos  a los que mi pareja les envía una tarjeta, más por tradición que por otra cosa. Pero yo no le he deseado a nadie “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. No me gusta la Navidad. Es más, la odio. Ya sé que no soy el único y que no soy original, pero tampoco lo pretendo; no quiero formar un movimiento social, ni quiero que los demás piensen que soy un adelantado o cosas así. Es que la odio de verdad, y estoy en ese impasse hacia la indiferencia total, aunque es muy difícil porque la sociedad no te deja. Por eso la odio. Todo está canalizado al consumismo, el lujo, la falsa felicidad, la apariencia, la opulencia y ese tipo de cosas. Yo, de por sí, soy un hombre no creyente en la Iglesia Católica, aunque sí de Dios (un Dios particular y personal). En esto, afortunadamente, tampoco soy un visionario. No puedo creer en ella, siendo artista, gay y de izquierda, aunque hay para todos los gustos. Pero una de mis premisas es “respetar a los demás para que se me respete”, aunque suene populista. Tiene que haber unos principios para que la convivencia en sociedad sea factible. Y no creo que en Navidad eso sirva de mucho cuando lo que se pretende es vender; vender lo que sea, y como sea, para que unos listos se hagan más ricos. Con la que está cayendo… En un mundo donde las monjas roban niños y se mueren antes de ser juzgadas, los curas los violan pero se les perdona, donde los empresarios de eventos lúdicos revenden las entradas a costa de la vida de unas chicas, donde yernos de reyes abultan sus bolsillos impunemente, donde 1 de cada 4 niños es pobre y hay casi 6 millones de parados, además de más de un millón de familias en las que no trabaja ningún miembro de ellas, donde los gobiernos están corrompidos y se les votado otorgándoles la mayoría absoluta, donde el presidente de la Patronal indica que la salida a la crisis es trabajar más y cobrar menos, al tiempo que lleva una vida licenciosa, las familias deben dejar sus hogares a mamporrazos por la Policía por no poder pagar la hipoteca, donde los abuelos mantienen (de momento!) a sus hijos y nietos con su paga mínima…
No sé. Se me ocurren tantas cosas que me angustia seguir; además, todos conocemos la corrupción y la injusticia que domina el mundo. Y puede que siempre haya sido así, pero ahora sale todo enseguida a la luz…
Pienso también en las catástrofes que ocurren en el planeta y que no tienen nada que ver con lo que he dicho anteriormente. La crisis no tiene culpa de haya un tsunami (aunque la agrava mas, es cierto). Hay una serie de hechos que ocurren en momentos inesperados y sospechosamente como a propósito. Incendios, inundaciones, erupciones de volcanes, tormentas tropicales, explosiones solares, lluvias torrenciales, lluvias de meteoritos, cambios climáticos extremos  en zonas concretas, corrimientos de tierras, etc. No me estoy inventado nada, todo esto se ve en los medios todos los días y a cualquier hora. Parece que el planeta quiere decirnos: “ya esta bien, habéis abusado de mi, pero yo también tengo un limite; la tecnología ha avanzado demasiado deprisa y no me dejáis reaccionar, no puedo regenerarme a tiempo para daros lo que necesitáis”…
Luego esta el tema de los seres humanos. Observo con curiosidad que cuando muere alguien conocido, rápidamente lo hacen dos o tres más. Parece que las almas se ponen de acuerdo para irse en grupos de tres o cuatro, a veces cinco. Incluso la gente que es desconocida se va en grupos más grandes; siempre hay un autobús que se sale del arcén y cae por un terraplén, o un tren que descarrila, o un estadio de futbol al que se le derrumban las gradas, o un metro que no tiene la seguridad actualizada, o un avión que estalla sin poder despegar, o un techo que se desploma en un polideportivo… Insisto: no me invento nada.
Por más vueltas que le doy no veo la solución para volver a vivir con cierta tranquilidad de la de antes. ..
Y si te gusta el esoterismo, le encuentras explicación a todo esto diciendo que es el cambio de la Era de Piscis a la Era de Acuario. Tampoco hay que ser muy metafísico para darse cuenta de que hay que hacer cambios, y que los cambios empiezan por uno mismo, de dentro a fuera. Pero ¿cómo?. Estoy algo asustado, la verdad. Si alguien se pone a hacer el bien a los demás, ¿quién garantiza que eso se devuelva en la misma medida?. Veo tanta maldad por ahí que me cuesta creerlo. Y yo soy de esos metafísicos espirituales que creen que si siembras la bondad se te devuelve multiplicada. Pero es que hay tanta gente ruin por ahí suelta haciendo el mal impunemente y riéndose de nosotros en nuestra cara, que me falta fe. No sé si esto acabará alguna vez. Cuando veo a esa gentuza aprovechándose de los débiles me dan ganas de salir a la calle y gritar, o a buscarles y partirles la cara, o hacerles lo mismo a sus familias a ver que sienten ellos… Eso no es muy espiritual que digamos. Creo a pies juntillas que todo ocurre por algo, aunque no lo entendamos en el momento en que pasa; creo que cada acción tiene su causa y su reacción, para que nosotros y los de nuestro alrededor aprendamos de la vida; creo ( y sé) que la vida es un continuo aprendizaje (el infierno que dicen los cristianos) y que hay que ser esponjas para absorber cada instante vivido; creo que la sonrisa puede más que el grito y la intolerancia juntos; creo que no hay que desperdiciar el tiempo en lamentos inútiles y que “tanta culpa tiene el que hace como el que consiente”… El peor enemigo del ser humano es su propia conciencia, no hacerse con ella, aliarse y domarla. El destino está escrito, a la vez que disponemos de libre albedrio; tal es el entramado de la vida. Así que, en nuestra mano está decidir lo que queremos para nuestro futuro, si queremos continuar igual o cambiar las cosas. Vaya…, esto suena muy a discurso; bueno, no me importa. Estoy recordando ahora mismo una Navidad en la que un amigo de esos con los que te ves a diario, y que gustaba de mandar tarjetas a todos los amigos, y que me envió una en la que escribió: “¡Que estupidez desear felicidad solo un par de veces al año…!”. Pues cuanta razón tenía. Por eso, en vez de desear “Feliz Navidad y tal, y tal…”, prefiero decir, por lo que cuesta conseguirla hoy día: “FELIZ FELICIDAD”.
A ver por donde salen los tiros, a ver que hacemos con la vida, si la destrozamos, sobrevivimos o luchamos para dignificarla otra vez…

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