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¿Pintarán mi vida?

Domingo por la mañana. Me despierto y recuerdo haber soñado con mi infancia. Mientras me desperezo, acude a mi cabeza una escena de mi niñez y dejo volar ese recuerdo concreto; es más, lo evoco. Mi padre está pintando uno de sus cuadros con el balcón abierto. Fuimos una familia emigrada de un pueblo de la llanura de La Mancha y al llegar aquí a la costa mediterránea, lo primero que hizo fué pintar a brocha gorda los pisos que crecían incipientemente en el barrio nuevo donde habíamos ido a vivir. Pero su hobby eran los pinceles finos. Con 10 años, y antes de la guerra civil, ganó un concurso de dibujo en su escuela, premiado con una bandeja de plata que yo aún conservo. En verano le gustaba sentarse a pie de balcon, con el toldo bajado, en su silla de la cocina, un delantal viejo de mi madre, su caballete, su bote de Cola-Cao lleno de pinceles de todos los grosores, su maletín lleno y manchado de tubos de óleo y la paleta de colores en la mano izquierda. Cada vez que empezaba un cuadro desarrollaba un ritual: primero elegía una lámina; luego la cuadriculaba y, a continuación, hacía lo mismo con el lienzo; limpiaba los pinceles con aguarrás, aunque ya estaban limpios de la última vez, y los disponia a su lado; con un carboncillo dibujaba el boceto en el lienzo y luego buscaba los tubos de óleo en su maletín para tenerlos a mano. Por último, distribuía los colores oportunos para mezclar y matizar según la lámina elegida. Yo me sentaba a su lado, en una silla más pequeña, procurando no estorbarle, pero mostrandome dispuesto a ayudarle. A veces me decía que le buscara un trapo viejo, o que le trajera la botella de aguarrás que estaba en el trastero. Yo era feliz, viendo cómo iba tomando vida una tela blanca. Y era feliz pensando que, si eso lo hacía mi padre, quizá, de mayor, yo podría hacerlo también. Cada pincelada, cada borrón, cada color y su mezcla, cada perspectiva, todo, me parecía mágico. Y ya sé que suena pedante, pero ese proceso de creatividad a los ojos de un niño, se magnifica. Se me antojaba que el lienzo era un universo vacio, que se llenaba de colores y formas que parecían seres individuales según iban apareciendo de la mano de mi padre, el dios. Él los creaba y ellos acataban su deseo, permaneciendo allí donde les había dejado. Al final, el paraiso, su creación, aparecia con esplendor entre las cuatro aristas del bastidor. Ése era el momento de comunión con mi padre, cuando me preguntaba qué me parecía. Si yo aprobaba el final (ingenuo de mi!), lo dejaba secar unos dias. Yo me acercaba todos los dias 2 o 3 veces a controlar el proceso de secado y él siempre me reprochaba mi impaciencia. Cuando, por fin, estaba listo, venía la última parte del ritual: la capa de barniz, "para que no se escape nada de lo que hemos hecho", decía el dios creador. La elección del marco era más cosa de mi madre, que era más práctica y no queria mucho trasto que limpiar. Pero acababa el verano y allí estaban los cuadros de mi padre colgados en las paredes del largo pasillo de casa, o en el comedor, o en la salita..., donde cupieran. Al enfermar de muerte mi madre, mi dios tuvo una caida que le fracturó el hombro por tres sitios y le colocaron tres agujas por dentro del hueso que no le permitia levantar mucho el brazo. Él lo vió como una señal y decidió que el cuadro de su vida ya estaba pintado. Como quiera que mi madre no tardó en marcharse, se sentó a mirar su cuadro y ver qué defectos y qué virtudes tenía. Ahí sigue, viendo las luces y las sombras de su vida.

Nunca se me olvidarán esos momentos, el olor, los colores, la situación, la admiración que sentía por la magia que vivía y por mi padre.

Muchos años después, con mi madre ausente y mi padre en una residencia, me despierto una mañana de domingo y el alma se me llena de recuerdos. Hay quien dice que cuando nacemos venimos con un pan bajo el brazo. No. Yo no lo creo. Creo que venimos con un lienzo y unas pinturas para crear la vida que nos toca vivir. Podemos elegir pintar un bodegón, intentando vivir una vida plena, llena de placeres, libres de problemas, sin complicación alguna y sin importarnos mucho los demás y lo que digan de nosotros; podemos pintar una caceria que nos empuje a dar caza a la escala social, el escaparate y las apariencias, pero llena de vacios (qué paradoja) y banalidades; si elegimos un retrato, seguramente querremos que nos lo pinte otro, porque el autorretrato es dificil y está reservado a los genios, con lo que, al dejarnos retratar, estaremos dependiendo del buen criterio del otro..., demasiada confianza; los paisajes son algo más bucolico, y no es cuestión de ecologismo, que también, sino de respeto, integración, solidaridad y, si se me permite, de saber vivir con concencia; los hay privilegiados que saben pintar escenas cotidianas de su vida con luces y sombras magistrales como El Greco o Sorolla; también los hay confusos..., lógicamente abstractos, que sólo ellos se entienden, y algunos quieren que les entiendan y lo consiguen!. Yo no pretendo dar clases de nada. Sólo expongo lo que, para mi, es una forma de ver la vida. La pintura, el arte, existe de múltiples maneras y se asume como tal. Las personas, también; son, somos, de maneras distintas. Tan distintas como personas existen. El refrán dice que "para gustos, colores". Pues lo mismo. Somos lo que somos y pintamos la vida según queremos y somos responsables (casi siempre) de ello. Hemos de aceptar para ser aceptados. Respetar, sin más. Si no me gusta lo que eres, lo respeto; no me iré contigo a pintar mi vida para no mezclarla con tus colores, pero respetaré lo que hagas. Sin dañar al prójimo, claro.

Bueno, a veces te asalta la duda y piensas: ¿qué pinto yo en mi vida...?, pues eso, que el pintor soy yo.

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