Ya son 12 años… No hace falta ser viejo para decir, con el aplomo que te da la experiencia, que el tiempo pasa en un suspiro. Y ese suspiro, a veces, te es arrebatado de tu lado como quien pasa la azada por la mies del campo. Sin esperar clemencia.
Tengo esa rara sensación de que te fuiste el otro día y no hace tanto tiempo. Seguramente debe significar que te tengo muy presente. Pero es que no puede ser para menos, tú fuiste (¡eres!) muy importante en mi vida. Fuiste el primero, y me trajiste al último, al definitivo… Tu deberías ser el definitivo cuando te conocí, tal era el enamoramiento. Pero el destino, ese que se burla del libre albedrío cuando le da la gana y le saca la lengua, tenía otra ruta marcada para nosotros. Pasaste de ser el “definitivo” a ser el mejor amigo, ese angel de la guarda que me hacía falta…, ese “Angel Pelirrojo” que da nombre a este blog y que pretende honrarte, al igual que ese libro que sigue escribiéndose como tortuga coja, lento, lento, pero seguro, como el río Guadiana, subiendo y bajando, porque se me agolpan los recuerdos, tropiezan entre ellos, se caen y vuelvo a construirlos, a reescribirlos…, a rememorarlos, y, con ellos, a reír…, a llorar…
Conocerte, tenerte en mi vida, vivirla contigo, y perderla contigo al mismo tiempo, está tatuado en mi alma, marcado en mi sangre sin opción al olvido, irremediablemente.
Un año o dos antes, bailábamos en esos bolos de verano un tema de Janet, la hermana pequeña de Michael, que se llamaba “Together again”. Al poco se convirtió en un himno, seguro que por su letra. Y hoy por hoy es el himno que define perfectamente lo que siento en tu ausencia…
“A cualquier sitio donde voy,
Cada risa que veo,
Se que estas allá
Devolviéndome la sonrisa,
Bailando debajo de la luna…
Se que eres libre
Porque puedo ver tu estrella
Iluminándome…”
Echo de menos poder charlar contigo frente a frente y contarte mis frustraciones, reírnos de anécdotas antiguas cuando trabajábamos juntos o compartíamos piso en otras ciudades, intentando solucionar los problemas de la vida y del mundo… Echo de menos tus disfraces para pasar los malos ratos y cómo cantabas impostando la voz haciendo que todos nos encanáramos de la risa… Echo de menos lo hipocondríaco que eres, perdón, eras, y cómo te escandalizabas de tus propios pies, que no te gustaban nada de nada… Echo de menos tantas cosas que he de parar de decirlo porque la tristeza se volverá crónica…
Echo de menos tenerte cerca, como el hermano pequeño que acabaste siendo para mí, al que protegía de todo, incluso de sí mismo…
Haré como en la canción: seguiré viéndote en cada sonrisa, imaginando que me sonríes mientras bailas, iluminándome con tu estrella. Y sé que no te veré hasta que yo vaya allá, porque tú ya no volverás, ya eres un ángel, tienes tus alas y debes cuidarnos desde allí.
Gracias por dedicarme parte de tu vida y por dejar que disfrutara de ti. Gracias por tu amor incondicional que hizo que aprendiera cómo se debe hacer, y que ahora disfruto sin reservas con quien está a mi lado.
Y por favor, hasta que volvamos a estar juntos, sigue cuidándonos…
Tengo esa rara sensación de que te fuiste el otro día y no hace tanto tiempo. Seguramente debe significar que te tengo muy presente. Pero es que no puede ser para menos, tú fuiste (¡eres!) muy importante en mi vida. Fuiste el primero, y me trajiste al último, al definitivo… Tu deberías ser el definitivo cuando te conocí, tal era el enamoramiento. Pero el destino, ese que se burla del libre albedrío cuando le da la gana y le saca la lengua, tenía otra ruta marcada para nosotros. Pasaste de ser el “definitivo” a ser el mejor amigo, ese angel de la guarda que me hacía falta…, ese “Angel Pelirrojo” que da nombre a este blog y que pretende honrarte, al igual que ese libro que sigue escribiéndose como tortuga coja, lento, lento, pero seguro, como el río Guadiana, subiendo y bajando, porque se me agolpan los recuerdos, tropiezan entre ellos, se caen y vuelvo a construirlos, a reescribirlos…, a rememorarlos, y, con ellos, a reír…, a llorar…
Conocerte, tenerte en mi vida, vivirla contigo, y perderla contigo al mismo tiempo, está tatuado en mi alma, marcado en mi sangre sin opción al olvido, irremediablemente.
Un año o dos antes, bailábamos en esos bolos de verano un tema de Janet, la hermana pequeña de Michael, que se llamaba “Together again”. Al poco se convirtió en un himno, seguro que por su letra. Y hoy por hoy es el himno que define perfectamente lo que siento en tu ausencia…
“A cualquier sitio donde voy,
Cada risa que veo,
Se que estas allá
Devolviéndome la sonrisa,
Bailando debajo de la luna…
Se que eres libre
Porque puedo ver tu estrella
Iluminándome…”
Echo de menos poder charlar contigo frente a frente y contarte mis frustraciones, reírnos de anécdotas antiguas cuando trabajábamos juntos o compartíamos piso en otras ciudades, intentando solucionar los problemas de la vida y del mundo… Echo de menos tus disfraces para pasar los malos ratos y cómo cantabas impostando la voz haciendo que todos nos encanáramos de la risa… Echo de menos lo hipocondríaco que eres, perdón, eras, y cómo te escandalizabas de tus propios pies, que no te gustaban nada de nada… Echo de menos tantas cosas que he de parar de decirlo porque la tristeza se volverá crónica…
Echo de menos tenerte cerca, como el hermano pequeño que acabaste siendo para mí, al que protegía de todo, incluso de sí mismo…
Haré como en la canción: seguiré viéndote en cada sonrisa, imaginando que me sonríes mientras bailas, iluminándome con tu estrella. Y sé que no te veré hasta que yo vaya allá, porque tú ya no volverás, ya eres un ángel, tienes tus alas y debes cuidarnos desde allí.
Gracias por dedicarme parte de tu vida y por dejar que disfrutara de ti. Gracias por tu amor incondicional que hizo que aprendiera cómo se debe hacer, y que ahora disfruto sin reservas con quien está a mi lado.
Y por favor, hasta que volvamos a estar juntos, sigue cuidándonos…
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