Hace escasamente cuatro semanas que acabó la Navidad. Este año no he felicitado a nadie, salvo a los muy próximos a los que mi pareja les envía una tarjeta, más por tradición que por otra cosa. Pero yo no le he deseado a nadie “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. No me gusta la Navidad. Es más, la odio. Ya sé que no soy el único y que no soy original, pero tampoco lo pretendo; no quiero formar un movimiento social, ni quiero que los demás piensen que soy un adelantado o cosas así. Es que la odio de verdad, y estoy en ese impasse hacia la indiferencia total, aunque es muy difícil porque la sociedad no te deja. Por eso la odio. Todo está canalizado al consumismo, el lujo, la falsa felicidad, la apariencia, la opulencia y ese tipo de cosas. Yo, de por sí, soy un hombre no creyente en la Iglesia Católica, aunque sí de Dios (un Dios particular y personal). En esto, afortunadamente, tampoco soy un visionario. No puedo creer en ella, siendo artista, gay y de izquierda, aunque hay para...